Mi aventura entre agujas

Mi aventura entre agujas

El ganchillo me encanta. Llevo tantos años practicándolo que muchas veces puedo tejer casi de forma mecánica, mientras veo una serie o pienso en otra cosa. Pero un día encontré el patrón de un ratoncito que llevaba una chaqueta hecha a punto. Me fijé en que aquellos puntos eran distintos a los que yo conocía y pensé: «Me encantaría aprender a hacer eso».

La idea llevaba años rondándome la cabeza. Edu lo sabía y, por mi cumpleaños, me regaló dos meses de clases de punto. Ya había aprendido ganchillo con una profesora y guardaba muy buen recuerdo de aquella experiencia, así que me hizo ilusión volver a sentarme en una clase para aprender algo desde cero. Empecé en abril de 2025.

 

Aprender a hacer punto (y a no perder los nervios)

Lo primero fue practicar el punto del derecho y el punto del revés. Cuando ya llevaba un buen montón, mi profesora me animó a empezar un proyecto: un top de verano. Sobre el papel sonaba estupendo, pero tejerlo se me hizo larguísimo. Repetir lo mismo una y otra vez me aburría tanto que sentía que estaba perdiendo el tiempo. Mi profesora me sugirió dejarlo y probar con otra cosa.

Así llegué a una bufanda granate con trenzas. Las trenzas resultaron bastante tediosas, para qué nos vamos a engañar, pero al menos estaba aprendiendo algo nuevo y el trabajo no era tan monótono. Entre unas cosas y otras, me he tirado casi un año con ella: hasta hace poco solo tejía cuando iba a clase. Cuando se acabaron los ovillos, decidí no alargarla más. Ahora es un cuello que todavía tengo que coser, pero me gusta cómo ha quedado. ¡Después de todo lo que me ha costado, pienso estrenarlo y lucirlo este invierno! Regalarlo, desde luego, no entra en mis planes.

 

Tengo que reconocer que el punto me resultó, y todavía me resulta, dificilísimo en comparación con el ganchillo. Con el ganchillo, si me equivoco, tiro del hilo, deshago y vuelvo a empezar. Con el punto, deshacer significa ir punto por punto, y eso me pone de los nervios. A veces me siento torpe, no sé qué hacer con las manos y me da miedo equivocarme. Supongo que también se nota la diferencia entre llevar años practicando una técnica y estar aprendiendo otra.

Ahora estoy tejiendo unos calcetines. Compré un libro llamado Proyecto calcetín y pensé que, como eran pequeñitos, los acabaría enseguida. ¡Qué equivocada estaba! Me intimida especialmente el patrón: todavía necesito que mi profesora me ayude a interpretarlo. Además, cada parte del calcetín parece tener sus propias reglas. El talón se hace de una manera, la punta de otra y por el camino aparecen aumentos y disminuciones que aún no he aprendido.

De momento he hecho el punto elástico, combinando derecho y revés, y ahora estoy en una parte en la que toca tejer todo del derecho con agujas circulares. Y ha pasado algo que no esperaba: ¡he empezado a sacar el punto también en casa! Me siento a tejer mientras veo Guardianes de la noche (Kimetsu no Yaiba) y me he propuesto seguir la serie con los calcetines entre manos para motivarme. A este ritmo, no sé qué terminaré antes.

El ganchillo ha quedado un poco apartado, aunque tengo una muñeca empezada a la que me gustaría volver. Entretanto, sigo yendo a clase. Me gusta aprender y charlar con mis compañeras; a veces ese rato me recuerda a El club de los viernes, un libro que leí y que me encantó.

Todavía no sé cuándo terminaré los calcetines ni si algún día haré punto con la soltura con la que hago ganchillo. Me gustaría llegar ahí y disfrutarlo tanto como disfruto del crochet. Por ahora, me quedo con algo que me hace ilusión contar aquí, porque aún no había hablado del punto en el blog: no me he rendido.

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