Llevaba más de seis meses queriendo terminar un neceser de Nairamkitty precioso que tenía aparcado porque estaba con el proyecto de los novios de ganchillo.
O esa era la excusa que me estaba poniendo, porque cuando terminé los amigurumis, todavía pasó un mes entero sin que tocase el neceser.
Creo que, si lo pienso bien, tenía miedo de que me saliera mal. El neceser había pensado regalárselo a mi cuñada y estaba muy ilusionada con que tuviera un buen neceser, funcional, para que se lo llevase al gimnasio.
Elegí un patrón complicado, pero me parecía que si cada fin de semana avanzaba un poco, lo iba a conseguir.
Hoy ha sido el día en que me he dado cuenta de que el neceser no iba a ser para ella. Al menos este. Porque cuando estaba cosiendo la base, lo hice mal. Peor que mal. Fatal. Y no fui capaz de descoserlo porque no veía bien el hilo, las puntadas eran pequeñísimas y me desesperé.
Lo bueno es que he aprendido una lección. He tenido que cambiar el chip. He pensado: «Ok, esto va a ser un prototipo, una especie de boceto para aprender a hacerlo bien. Y ya el siguiente será el bueno. Este me lo quedo yo para mí».
En ese momento he tenido una transformación brutal. He pasado de la frustración más absoluta a una calma maravillosa que no me podía creer. Y he empezado a coser sin miedo a meter la pata. De hecho, la he metido más veces y el neceser ha quedado mal.
Pero lo he terminado. ¡El neceser está acabado! En un día he hecho más que en seis meses: coser la cremallera, los laterales, el bies y el estuche interior. Por dentro me ha quedado mejor que por fuera. Y lo he llenado de materiales de costura.
No estoy feliz y pletórica, no quiero engañar a nadie. Pero estoy tranquila. Me he quitado un peso de encima. Quizá pase mucho tiempo hasta que vuelva a intentar el neceser. O quizás me ponga dentro de un rato a buscar telas para volver a intentarlo. Quién sabe. Pero he terminado el neceser y puedo pasar a lo siguiente. Enhorabuena.
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